Si no lo enfrentas, te seguirá pasando – El león rojo


CUENTO: El león rojo


Fuente: The Red Lion: a tale of ancient Persia


RESUMEN DEL EPISODIO


Azgid, el príncipe de Persia, huye de su destino para evitar tener que luchar contra el temible león rojo. Pero donde quiera que vaya, los leones lo están esperando…

Hay personas que parecen malditas, que siempre les pasa lo mismo: las parejas todas resultan ser tóxicas; vuelven y caen víctima de estafas; los amigos siempre los abandonan cuando más los necesitan; todos los hijos les dejan de hablar.

Nunca es culpa de la víctima. Pero cuando uno SIEMPRE es la víctima… tiene que ser por algo.

Puede que lo que estés haciendo no sea algo malo. No necesariamente es que estés cometiendo un error. Pero sea lo que sea, te está dando estos resultados, y si no quieres estos resultados, tienes que cambiar algo.

Y lo más probable es que siga sucediendo y se siga repitiendo hasta que aceptes responsabilidad y enfrentes qué es lo que estás haciendo que te está dando estos resultados. No es tu culpa. Pero sí tu responsabilidad.

Ponte a pensar todas las veces que te ha pasado lo mismo. Haz una lista. Analízalo, vuélvete detective de tu propia vida. Hazlo en tercera persona para que lo puedas racionalizar más críticamente, como si estuvieras mirando el caso de un personaje ficticio.

¿Cuáles fueron las señales que no notaste pero que ahora son claras? Sabiendo lo que sabes ahora, ¿qué harías de distinto? ¿Qué hábitos tienes que cambiar?

Puede ser muy difícil encontrar la raíz del patrón, pero cuando se logra romper, cambia todo.


TRANSCRIPCIÓN COMPLETA


El cuento de hoy es un poco más largo de lo normal y deja mucho que pensar, pero quiero enfocarme en una cosa: que no importa lo que haga el personaje principal, siempre le vuelve a pasar lo mismo, siempre se repite el mismo patrón. ¿Te ha pasado? Empecemos. Érase una vez, hace mucho, mucho tiempo, en el reino de Persia, un príncipe que se llamaba Asgid.

Asgid estaba pronto a ser coronado rey. Pero antes de poder ser coronado rey, tenía primero que todo que demostrar que merecía serlo. Demostrar que tenía la valentía necesaria para liderar un pueblo.

Pero había un pequeño problema. Asgid era cobarde. Y a Asgid, desde niño, le habían contado de la prueba tan temible que tendría que superar cuando finalmente llegara su hora de ser rey.

Y por lo tanto, desde niño, hasta en las pesadillas lo perseguía el león rojo. Porque sí, era la costumbre de aquellos días que cada nuevo rey, antes de ser coronado y ser recibido por el pueblo, primero tendría que ir solo y desarmado a hacerle frente a un león. Y no a cualquier león.

Tenía que ser el león rojo. El león imperial. Su padre, su abuelo, su bisabuelo y todos los reyes que habían venido antes de él habían logrado vencer a este león.

Pero Asgid era cobarde. Y él no quería enfrentar a ningún león. Así que mientras el pueblo estaba todavía en luto por su padre, el príncipe Asgid tomó su mejor caballo y en medio de la noche se escabulló del palacio y empezó a galopar por el desierto.

A huir, lejos, lejos, lejos de la ciudad capital, del pueblo que lo esperaba y del león rojo. El príncipe Asgid cabalgó dos días y dos noches, hasta que ni él ni su caballo podían dar un paso más. Y llegaron a un hermoso valle, con un riachuelo cristalino que lo atravesaba y los campos llenos de ovejas.

El príncipe Asgid y su caballo colapsaron al lado del riachuelo y bebieron profundamente del agua cristalina, hasta que finalmente pudieron descansar. Y mientras estaba allí tirado, el príncipe Asgid empezó a escuchar una melodía, una flauta que sonaba tan hermosa, y llenó su corazón de tranquilidad. Y el príncipe Asgid se levantó y empezó a buscar la música, y encontró, no muy lejos de allí, al pastor de las ovejas, un hombre sencillo, pobre, pero que se veía feliz.

Y el hombre vio al príncipe Asgid observándolo, y bajó la flauta de sus labios, y le sonrió, y le dijo que se acercara. «La paz sea contigo, hermano», le dijo. «Y contigo sea la paz», dijo el príncipe Asgid.

«Pero no dejes de tocar. Traigo el corazón muy acongojado, y tu música me transmite paz». El viejo pastor sonrió con sabiduría.

«Ven, acompáñame», dijo el pastor. «Vamos allí a esa colina. Quiero mostrarte algo».

Y el príncipe Asgid y el pastor subieron la colina desde donde se veía todo el valle y el cielo tan hermoso. Apenas estaba empezando a atardecer, el cielo estaba rojo carmesí. Y el príncipe Asgid se recostó sobre la hierba, bajo el rojo fuego del cielo.

«Aquí puedo estar tranquilo. Aquí puedo tener paz». «Permíteme vivir contigo», dijo el príncipe Asgid.

«Por favor, te ayudaré a cuidar las ovejas y me puedes enseñar a tocar la flauta». «Está bien», dijo el pastor. «Me vendría bien, ya que no tengo hijos y estoy bastante anciano».

«Pero debemos irnos ya, se está haciendo tarde». «¿No podemos esperar hasta la puesta de sol?», dijo el príncipe Asgid. «Esta es la vista más hermosa que he visto en mi vida».

«¡No! ¡Hasta la puesta de sol no! Antes ya es muy tarde. ¡Vamos, vamos, rápido!» «¿Pero por qué?», dijo el príncipe Asgid. «No hay enemigos en estas tierras.

Desde hace años, el reino ha estado en paz». «¡Ja! ¡Dile eso a los leones!», dijo el pastor. «¿A los… a los qué?».

«¿Los leones, claro. ¿Acaso no sabes que esto es tierra de leones? ¡Mira!» Y el pastor se remangó un poco la túnica y mostró unas cicatrices terribles. «Casi que no me escapo.

Ellos vienen por las ovejas, ¿ves?» «Ah», dijo el príncipe Asgid. «Discúlpame, pero creo que no me podré quedar contigo». Y el príncipe Asgid corrió donde su caballo, que ya había descansado y comido y bebido, y cabalgó toda la noche y todo el día, dos noches y dos días, hasta que finalmente llegó a un desierto.

Él y su caballo estaban hambrientos y sedientos. El viento caliente le soplaba arena en la cara y él caminaba con los ojos cerrados, guiando al caballo, cuando de repente a la distancia vio un campamento de árabes. El príncipe Asgid empezó a acercarse a ellos, pero ni siquiera había llegado cuando el mismísimo Sheikh salió a recibirlo.

«¡Bienvenido, forastero!», le dijo ofreciéndole agua. «Es una bendición de Alá poderte recibir. Ven, por favor, permítenos ofrecerte nuestra hospitalidad».

Y agradecido, el príncipe Asgid acompañó al Sheikh, donde ya le tenían preparada la comida, y se sentó con él a partir el pan y a tomar el té, y le ofreció algunas de sus joyas al Sheikh en agradecimiento. «¡No, no, no! ¿Cómo se te ocurre? Tú eres nuestro huésped, nuestro invitado, y la hospitalidad para nosotros es un deber sagrado y una bendición», dijo el Sheikh. Y se negó a recibir absolutamente nada de lo que el príncipe Asgid le ofrecía, y dijo, «Puedes quedarte con nosotros el tiempo que quieras».

Y luego de haber descansado unos días y haberse recuperado, el Sheikh invitó al príncipe Asgid a que lo acompañara a cazar gacelas. Y el príncipe Asgid y los demás hombres de la tribu salieron a recorrer los desiertos. Y claro, el príncipe Asgid, habiendo sido entrenado en el mismísimo palacio de la capital, deslumbró a todos los árabes con su proeza y con sus habilidades en la cacería.

Esa noche llevaron mucha carne al campamento y tocaron música y cantaron y celebraron hasta que las estrellas brillaban como diamantes. «Ya eres uno de los nuestros», dijo el Sheikh, abrazando al príncipe Asgid como si fuera su propio hijo. «Pronto debemos irnos de este lugar porque ya no hay suficiente comida para los animales, y en esta época del año siempre vamos al mejor lugar de todos, a las colinas rojas que quedan al sur».

«Las mujeres siempre tienen mucho miedo cuando vamos por allá porque hay muchas guaridas de leones, pero ahora que tú estás con nosotros podremos estar tranquilos porque nunca antes había visto tan buen cazador. Mañana algunos de los hombres vamos a partir hacia las colinas rojas y vamos a cazar a los leones y sacarlos de allí para que luego podamos traer a todas las familias. Y ya que tú nos vas a acompañar, sé que todos volveremos a salvo».

El resto de la tribu empezó a aplaudir y a celebrar a Asgid, pero el príncipe Asgid estaba pálido, pálido, pálido y no dijo nada. Y aquella noche, mientras todos dormían, se fue a buscar a su caballo, sintiéndose terrible, y cabalgó toda la noche y todo el día, dos noches y dos días, hasta que finalmente, exhaustos nuevamente, llegaron a una tierra llena de palmeras y a lo lejos se veía un palacio, un palacio rojo. Al llegar a las puertas del palacio, el príncipe Asgid se quitó el anillo y se lo entregó a uno de los guardias y le dijo que se lo presentara al emir.

Y al ver semejante anillo, el emir inmediatamente invitó al príncipe Asgid a pasar y le dijo a los sirvientes que cuidaran del caballo. El príncipe Asgid se presentó ante el emir y le dijo: «Perdóname, no puedo darte mi nombre ni decirte por qué estoy aquí, pero te doy mi palabra que vengo en paz, y si me permites quedarme, haré todo lo posible para ser útil, para ser tu consejero, para ayudarte en lo que pueda». El emir quedó muy impresionado con este joven tan elegante y tan educado, y le dijo que era bienvenido.

El emir llamó a su hija, quien se llamaba Perezide, para que le diera al príncipe Asgid un tour del palacio y de los jardines. Y tan pronto el príncipe Asgid vio a Perezide, ahí quedó derretido. Wow.

Perezide era la mujer más hermosa que había visto jamás. Y Asgid inmediatamente sintió que aquí viviría feliz. Aquí se le olvidarían sus culpas y sus problemas.

Ella lo haría olvidar de todo. Y aquí estaría a salvo, porque aquí dentro del palacio no tendría que preocuparse jamás por leones. «¡Ay! ¿Qué fue eso?», dijo el príncipe Asgid, levantándose de un brinco de la mesa.

«Ah, ese es el guardia. Ese es Bulag», dijo Perezide. «Solo está bostezando».

«¿Bostezando?», dijo el príncipe. «Sí», dijo Perezide. «Es que está bastante tarde.

Me voy a ir a acostar. Nos vemos mañana». Perezide se despidió y se fue, y el emir le dijo a Asgid, quien todavía estaba temblando: «Ven, te llevaré a tus aposentos».

Pero cuando empezaron a subir, Asgid levantó la mirada, y allí, en la parte alta de las escaleras, había un enorme león. Asgid se quedó petrificado, solamente podía balbucear y medio señalar al león. «Ah, no te habíamos presentado a Bulag», dijo el emir.

«Ese es el guardia de mi hija. Lo tenemos desde que era un cachorrito. No te preocupes.

Está muy bien entrenado. Es totalmente inofensivo. Bulag únicamente ataca a los cobardes».

«Ah, yo creo que todavía no me voy a dormir», dijo el príncipe. «No», dijo el emir. «Bueno, no pasa nada.

Estás en tu casa. Cuando quieras, la habitación tuya es la que está allí, arriba, justo detrás del león». «Bueno, gracias».

El emir subió las escaleras y acarició al león de camino, pero el león siguió mirando fijamente a Asgid, mientras Asgid iba retrocediendo paso a paso. Y tan pronto el emir entró a su habitación y cerró la puerta, el león se puso de pie. El príncipe Asgid se dio la vuelta y corrió, y sintió cómo el león bajaba las escaleras corriendo detrás de él.

El príncipe Asgid se metió a una de las habitaciones y cerró la puerta, justo a tiempo. El león del otro lado de la puerta empezó a arañar la puerta, tratando de tumbar la puerta, tratando de entrar. Asgid agarró la mesa, la silla, todos los muebles que habían dentro de la habitación y los puso contra la puerta.

El león volvió a rugir. Y ahora sí. Había oído tantas veces, pero no había podido escapar.

—¡Rrrrrrr! Tres veces el león rugió. Y luego se quedó quieto. El príncipe Asgid sabía que seguía del otro lado de la puerta.

Podía sentir el calor que emanaba del león. Podía olerlo. Pero el león no hacía nada.

Simplemente estaba ahí, esperando. Y a medida que fueron pasando las horas, y la noche se fue haciendo más profunda, más oscura, más silenciosa, el príncipe Asgid, quien no había cerrado los ojos, sabía que el león tampoco dormía. Y con el tiempo quizá fue el cansancio tan impresionante que llevaba encima, o quizá fue la magia hechicera de Perezide, de este palacio rojo, que hizo que al príncipe Asgid le pareciera, en el silencio de la noche, como si el león le estuviera hablando.

«Tres veces», le dijo el león, «tres veces te he rugido, tres veces te he advertido, tres veces has huido de mí, pero nunca podrás escapar. Si vuelves a huir, te estaré esperando. Huirás siempre, pero siempre me encontrarás a la vuelta. Nunca tendrás paz hasta que me enfrentes». «Entiendo», dijo el príncipe Asgid. «Entiendo». Los primeros rayos del alba empezaron a colarse por la ventana del palacio, y el príncipe Asgid sintió cómo el león del otro lado de la puerta se puso de pie, y sintió sus pasos alejándose, sintió el calor desvanecerse.

Y el príncipe Asgid quedó solo. Pero ya no era cobarde. Esperó a que entrara un poquito más de luz y se levantó, y reacomodó los muebles, cada uno en su lugar, y abrió la puerta y salió.

Pero esta vez no se escabulló del palacio a montarse en su caballo a cabalgar, y cabalgar, y cabalgar. Se quedó esperando a que bajaran el emir y Perezide, y cuando bajaron, el príncipe Asgid agachó la cabeza y dijo: «Lo siento, pero no me puedo quedar. Hay algo que tengo que hacer». Perezide le dio una sonrisa chispeante y le dijo: «Ve, y si lo logras, vuelve a hacernos la visita».

Y el príncipe Asgid se despidió del emir y de Perezide, y también de Bulag, el león, y se volvió a montar a su caballo y cabalgó. Cabalgó esta vez lento para no cansar a su caballo, porque ya no huía, ya su paso iba firme, y llegó de regreso a la capital, al palacio de su padre, justo a tiempo. Allí estaban reunidos todos sus maestros y todos los consejeros del rey.

Ninguno mostró sorpresa ni enojo de que se hubiera desaparecido, ni siquiera mostraron sorpresa de verlo nuevamente. Era como si lo hubieran estado esperando, como si siempre hubieran sabido que iba a volver. Sin cruzar palabra, lo condujeron a una cámara secreta donde el príncipe Asgid nunca antes había estado.

Los consejeros y los maestros se subieron a las tarimas y dejaron al príncipe Asgid solo, y empezó a sonar el crujir de una puerta antigua que llevaba muchos años sin abrirse, y el príncipe Asgid pudo sentir el calor y oler el olor del león. Le temblaban las piernas, pero no se movió. No alzó los ojos para pedirle misericordia a su maestro o al consejero.

Apretó los puños. No tenía ni idea cómo era que su padre había logrado derrotar a un león sin armas. Su padre nunca había querido responderle sus preguntas, nunca le había querido hablar sobre su encuentro con el león rojo.

Lo único que decía era: «Cuando a ti te toque, solo sé valiente». Así que el príncipe Asgid se quedó quieto y se abrieron las puertas, y con un gran rugido, un enorme león rojo salió corriendo y saltó. Y antes que el príncipe Asgid pudiera siquiera reaccionar, el león saltó sobre él, lo tumbó al suelo y le lamió la cara.

El príncipe Asgid no sabía si estaba muerto o qué había pasado, pero a lo lejos le pareció sentir que estaban aplaudiendo. El león siguió lamiéndole la cara y, como si fuera un gran gato, se acostó sobre la arena con las patas arriba, pidiendo que Asgid le rascara la pancita. Y ahí fue cuando Asgid se dio cuenta.

Los aplausos eran reales. Sus maestros y sus consejeros estaban de pie y lo estaban aplaudiendo. Y se dio cuenta el príncipe Asgid que al león rojo no había que derrotarlo, porque era mansito.

No, no había que derrotar al león rojo. Había que derrotar el miedo. Había que derrotar la cobardía.

Y lo había logrado. Al príncipe Asgid lo coronaron como rey de Persia, y al poco tiempo se casó con Perezide. Y Asgid reinó muchos, muchos años.

Y el rey Asgid siempre les contaba a sus hijos sobre cómo él tenía tanto miedo que huyó tres veces, pero que tres veces el león lo estaba esperando. Y siempre les decía lo mismo: «Cuando te toque a ti, sé valiente».

¿Has visto que hay personas a las que como que todo les sale mal? Pueden ser muchas cosas distintas, pero como que siempre se repite el mismo patrón. Vez tras vez, sucede lo mismo. Cambias de ambiente, cambias de círculo, cambias de personas.

Pero vuelven y te hacen lo mismo. Y por más que intentes escapar, te encuentras en exactamente la misma situación de antes. Esa situación que te trajo tanto dolor.

¿Por qué te sigue pasando? Yo estuve atrapada repitiendo un patrón extraordinariamente doloroso durante casi toda mi vida. Siempre me pasaba lo mismo. Siempre.

Con diferentes personas, bajo distintas circunstancias, pero la misma historia. En mi caso no era que siempre me encontraba un león. En mi caso era que, siempre que tenía una amistad, una amistad profunda, cercana, una amistad a la que yo le entregaba absolutamente todo, el día que yo llegara a necesitar que ese amigo o esa amiga estuvieran allí para mí, me botaban.

Me borraban por completo, me bloqueaban, me dejaban de hablar, se desaparecían de mi vida. Lo que llaman ghosting: se desvanecían como si fueran un fantasma. La primera vez que me pasó fue cuando tenía 12 años y me partió el alma porque yo había estado ahí para ellos en las buenas y en las malas y ellos vivían más en mi casa que en la suya.

Eran amigos demasiado cercanos. Y cuando viví una tragedia familiar y necesité a un amigo más que nunca, se desaparecieron por completo. Esa fue la primera vez, pero me siguió sucediendo, vez tras vez tras vez, con todos los amigos que tenía.

Con amigos cercanos, amigos de años, amigos de la infancia. Al principio, por supuesto, uno cuando está bien destruido, uno cuando está viviendo una tragedia, uno cuando está traumatizado, pues obviamente lo primero que pensaba era: «Yo no valgo la pena, yo no merezco amor, es mi culpa, quién sabe qué habré hecho, yo soy el problema».

Pero con más tiempo y más madurez y con bastante trabajo de sanación, lo empecé a ver desde la otra forma.

Empecé a decir: «No, no, el problema no soy yo, el problema son ellos, malditos, desgraciados, cómo pueden abandonarme así, cómo pueden hacerme esto, me dijeron que podía contar con ellos y era mentira, yo nunca les pedí nada y ahora que los necesito se desaparecen, como si yo no valiera nada, como si no hubiera hecho nada por ellos, como si no significara nada. Yo no soy el problema, ellos son el problema».

Y fue muy sanador empezar a verlo de esa forma.

Y fue muy importante para mi autoestima y para mi proceso de sanación. Y estuve en terapia y logré muchos avances, y pude sanar un montón de cosas, y me siguió pasando. Y ya cuando la séptima persona me había hecho lo mismo, después de prometerme que estaría ahí y que podía contar con él, ahí fue cuando dije: «Bueno, de pronto, quizá el problema sí soy un poquito yo».

Si todas las personas en las que yo he confiado, y que han sido mis mejores amigos, me han hecho ghosting, eso no es normal. Y lo único que tienen en común soy yo. No es normal.

¿Que le pasa a uno una vez? Bueno, la culpa es del otro, o mala suerte, yo qué sé. Una segunda, también. Pero más de tres veces.

Que a uno le pase lo mismo siempre, vez tras vez tras vez. Bueno, a ver, ¿qué está pasando aquí? Si todas tus parejas han sido tóxicas, todas, eso no es normal. Si tienes que despedir a todos tus empleados porque no saben trabajar, eso no es normal.

Si todos tus profesores te odian, o como se dice coloquialmente, te la tienen montada, ¿qué está pasando? Es demasiado común que una persona se vea atrapada repitiendo el mismo patrón vez tras vez tras vez tras vez, y cree que simplemente es mala suerte.

Pero si ya te has divorciado seis veces, si ya te han echado de 17 trabajos, si tu papá fue abusivo, y luego tu pareja también, y tu jefe también, y ahora tu hijo también te está abusando, ahí hay algo raro. Supe de un señor que había sido víctima de estafas más de 40 veces.

Eso no es normal. A ver, ¿qué está pasando aquí?

Y primero que todo, tengo que dejar algo muy claro. Cuando alguien te hace daño, no es tu culpa.

Siempre es culpa del malo. Siempre. Si a ti te roban, te estafan, te engañan, te abusan, te mienten, te abandonan luego de prometer que estarían ahí para ti, ellos son los que están tomando esa decisión, y ellos son responsables de sus propios actos.

Y es injusto, y está mal, y no debería pasar. Nunca es culpa de la víctima. Nunca.

Pero, y yo sé que lo que voy a decir es muy controversial, y puede que a mucha gente no le guste, si tú eres la víctima, nunca es tu culpa. Pero, si siempre eres la víctima, el malo te escogió a ti, y el malo te escogió por algo. Puede que ese algo no tenga nada que ver contigo, y que tú no tengas ningún control sobre él.

Puede que tú todo lo estés haciendo bien. Pero si el malo siempre te escoge a ti, eso ya no es normal. Puede que lo que estés haciendo no sea algo malo, no necesariamente es que estés cometiendo un error.

Pero, sea lo que sea, algo en ti te está arrojando estos resultados. Y si no quieres estos resultados, tienes que encontrar qué hay en ti que los está creando. No te quedes ahí repitiendo el mismo patrón sin hacer nada.

No te quedes ahí dando las mismas vueltas, las mismas vueltas, las mismas vueltas, y no culpes lo que no puedes controlar. Es muy fácil decir que algo es karma, que estoy pagando algo que no recuerdo, y que esa es la causa de todos mis males. Pero, ¿y si no? Eso impide que yo tome responsabilidad.

Eso impide que yo me ponga a indagar a ver qué es lo que realmente está pasando. Conocí una mujer que repetía el mismo patrón con sus hijos, y todos sus hijos le dejaron de hablar. Y, obviamente, esto a la mujer, a esta señora le dolía mucho.

Pero, ¿saben ella por qué creía que sucedía? Que había hecho unas regresiones y había descubierto que sus hijos, en vidas anteriores, habían sido enemigos de ella. Y que, por eso, ellos la estaban maltratando porque no habían superado ni sanado eso, y que ellos eran los que tenían que hacer su trabajo ancestral para que pudieran tener una buena relación con ella, y que cuando ellos quisieran volver y pedirle perdón, ella estaría ahí con los brazos abiertos. ¡Qué conveniente! Y, ¿quién sabe? A lo mejor sería cierto.

Puede que la reencarnación sí exista. Eso no se puede saber o no saber. Pero, ¡qué conveniente echarle la culpa a una historia por allá que no se puede desprobar y lavarse las manos del tema! Yo, que era una observadora neutral desde afuera, yo lo que veía era que ¡ella era una terrible mamá! Y ella tenía todo tipo de actitudes y de cosas que me hacían pensar: ¡con razón sus hijos se tuvieron que ir! ¡Es que no tenían de otra! Ella era una persona demasiado, demasiado, demasiado tóxica.

Pero eso ella no lo quería ver. Y, por lo tanto, dejaba a cualquier terapeuta que le decía que de pronto tenía que cambiar algo, y más bien se quedaba con el gurú que le decía: «No, no es tu culpa. Tú aquí eres la víctima inocente.

El problema son ellos». Mucho más fácil echarle la culpa a los hijos y a una supuesta vida pasada. Cuando uno está metido en un patrón doloroso, en vez de tratar de averiguar qué es lo que está pasando y cómo lo puedo cambiar, es muy fácil lavarse las manos y volverse mártir, y decir: «No, me toca sufrir y ya, estaré penando algo».

O algo que he escuchado muchísimo es que yo elegí esto. Desde el mundo espiritual, yo elegí esto desde antes de nacer, para que mi alma aprendiera. ¿Aprendiera qué? Pues si es así, bueno, ¡aprenda! ¡Aprenda! No se quede ahí repitiendo el semestre y perdiendo el examen vez tras vez tras vez.

Es más conveniente y más fácil echarle la culpa al otro. Pero si ya te ha pasado más de tres veces, te va a seguir pasando. Es como si el universo, o Dios, o lo que usted le quiera llamar, te estuviera poniendo una prueba, y cada que se repite el patrón es que fallas la prueba.

Es que no has aprendido tu lección. Y, por lo tanto, se te vuelve a presentar, a ver si esta vez sí cambia algo, a ver si esta vez sí la logra superar. ¿No aprendió? Ah, bueno, démosle otra oportunidad.

Repita semestre, repita semestre, repita semestre, hasta que finalmente aprenda lo que tiene que aprender. Para el príncipe Asgid, era fácil. Él sabía lo que estaba haciendo mal y sabía lo que tenía que cambiar.

Pero para muchos de nosotros, no tenemos ni idea qué es lo que estamos haciendo mal. Y eso sí que es muy frustrante. Y por eso siempre queremos echarle la culpa al otro.

Porque decimos: «No, es que yo no veo qué estoy haciendo mal. No puedo ser yo». En mi caso, con mis amigos, yo siempre decía: «Bueno, sí, yo siempre he escuchado de las mujeres que siempre terminan con los chicos malos.

Pero estos amigos no son malos, no son malas personas, son buenas personas, son grandiosas personas. ¿Cómo es que me siguen haciendo lo mismo?» Y lloré y sufrí y me arrancaba los cabellos y era: «Pero qué, qué estoy haciendo mal. Si supiera lo que tengo que cambiar, lo cambiaría».

Y finalmente lo descubrí. Y era tan sencillo, tan simple. Mi gran revelación, lo que más, una de las cosas que más me ha cambiado toda la vida, fue darme cuenta: si quiero recibir en la medida en que doy, tengo que obligarme a dar en la medida en que recibo.

Esto lo hablo más a fondo en mi episodio sobre el árbol generoso. Pero en resumidas cuentas, mis amigos no es que fueran malas personas, pero yo los estaba haciendo una prioridad en mi vida. Y ellos no estaban dispuestos a tenerme como prioridad a mí.